Devocional

El gozo que produce felicidad

Texto: Filipenses 4:4, TCB.

Alégrense en el Señor constantemente, se los repito: “Siempre estén alegres.”

Cuando tenía 18 años conocí en la iglesia a una mujer realmente hermosa llamada Corina. En ese tiempo tenía alrededor de 50 años. Trabajaba en la calle vendiendo distintos productos. En invierno pasaba frío y muchas veces se mojaba con la lluvia; en verano soportaba el intenso calor del sol. Vivía con muy poco, pero aun así siempre compartía lo que tenía. En más de una ocasión, de manera discreta, me pasó un billete en la mano como gesto de cariño.

Recuerdo una vez en particular mientras tomábamos mate me contó su historia de vida. Cada capítulo de su historia parecía más doloroso que el anterior. Había atravesado situaciones realmente trágicas. Sin embargo, algo me impactó profundamente: en ella no había queja, ni amargura, ni rencor.

Corina siempre tenía una sonrisa, le gustaba  tararear himnos, hablar de Dios y constantemente buscaba la manera de ayudar a otros. Con el tiempo comprendí algo que antes no había entendido del todo. En Corina podía verse claramente el gozo, ese que encontramos en la Biblia como fruto del Espíritu. Pero también podía verse algo más: felicidad.

Muchas veces pensamos que el gozo y la felicidad son lo mismo, pero en realidad no lo son. La felicidad muchas veces depende de las circunstancias: de que las cosas salgan bien, de que haya salud, estabilidad o tranquilidad. Por eso la felicidad humana puede ir y venir. El gozo, en cambio, es diferente, es el que nace de Dios y no depende de las circunstancias externas, sino de una relación profunda con el Señor. Es parte del fruto del Espíritu que permanece aun cuando la vida es difícil.

Eso era lo que veía en Corina. Su vida no estaba llena de comodidades ni de circunstancias favorables. Sin embargo, su corazón estaba lleno de Dios. Y ese gozo profundo que el Espíritu Santo había producido en ella terminaba reflejándose también en una felicidad plena. Su alegría no era superficial ni fingida. Era el resultado de una vida sostenida por Dios. Filipenses 4:4 no es solo una frase bonita; es una invitación a vivir con la alegría que nace del Señor. Pablo escribió estas palabras incluso estando en prisión, recordándonos que sentirse feliz en Dios puede existir aun en medio de dificultades.

Corina me enseñó, sin proponérselo, que cuando dejamos que el Señor habite en nuestro corazón, la vida comienza a verse de otra manera. Las circunstancias pueden ser duras, pero el alma permanece firme, agradecida y confiada. El gozo del Señor no ignora el dolor, sino que nos ayuda a enfrentarlo con esperanza. Y muchas veces, como en el caso de Corina, que sentía la alegría del Señor, termina transformándose también en una felicidad plena, genuina que bendice a todos los que están alrededor. 

En este día recordemos que la felicidad plena que viene de Dios no depende de lo que tenemos, sino de a quién conocemos. Cuando Cristo llena nuestro corazón, incluso en medio de las pruebas, podemos vivir la alegría de Filipenses 4:4. ¿Estás viviendo esa felicidad?

Carolina Riquelme Nieto, Chile.

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