Devocional

Pentecostés, un fuego que sigue ardiendo en muchos

 
Texto: En Pentecostés, cuando se cumplió el día que el Espíritu Santo iba a llenar el interior de los creyentes con la obra de Cristo, toda la iglesia estaba reunida en un mismo lugar. 2De repente, un gran ruido como un soplo fuerte llegó del cielo, que llenó toda la casa donde estaban sentados; 3y experimentaron lenguas como de fuego, que fueron distribuidas y reposaron sobre cada uno de ellos. 4Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otros idiomas, conforme el Espíritu les capacitaba para que compartieran el Evangelio que transforma toda la existencia humana. (Hechos 2:1-4 TCB).

Siempre es bueno traer a la memoria aquellos hechos que marcaron el inicio de la historia de la iglesia primitiva, porque nos sirven como una carta de navegación esencial para la iglesia de hoy. Me refiero a la vigencia del pentecostés y del poder del Espíritu Santo para estos días.

No es de extrañar que en algunos sectores de la iglesia, aún persista la idea de que pentecostés, es solo un hecho histórico, una promesa con fecha de caducidad, algo que dista bastante de lo que nos señalan las escrituras, ya que este acontecimiento sobrenatural,  marcó el inicio de la obra contínua que el Espíritu Santo desea tener en la iglesia. Hechos 2 no es solo un relato del pasado; es un modelo de lo que Dios quiere seguir haciendo en su pueblo hoy.

Amados hermanos, no nos olvidemos de aquello que el apóstol Pedro proclamó con una profunda convicción aquel día en Jerusalén, cuando se levantó en medio de la multitud y dijo: citando al profeta Joel.
“Dios dijo: En los últimos días, derramaré de mi Espíritu sobre todas las personas…” (Hechos 2:17a).

No dijo “derramé”, como si fuera algo del pasado. Dijo “derramaré”. Esta es una promesa viva, activa, vigente. Pedro mismo lo aclara un poco más adelante cuando declara: «Porque la promesa también es para ustedes, para sus hijos, para los que están lejos, y para todos los que el Señor nuestro Dios llame” (Hechos 2:39). ¡Y eso nos incluye a ti y a mí! Esta promesa sigue estando vigente para la iglesia de hoy.

El pentecostalismo, ese mover glorioso que ha recorrido naciones, no es una moda del siglo XX ni una corriente emocionalista. Es un redescubrimiento profundo de una verdad eterna: la iglesia de Jesucristo no puede avanzar sin el poder del Espíritu Santo. Sin Él, nuestra doctrina es letra muerta, nuestros programas son estructuras vacías, y nuestro ministerio, por más bien intencionado que sea, no tiene el poder para transformar vidas.

Pero, hermanos, vivir bajo el poder del Espíritu no se trata simplemente de manifestaciones visibles o momentos emotivos – aunque Dios, en su soberanía, puede usarlos – sino que se trata, sobre todo, de una vida entregada, dirigida y sostenida por el Espíritu Santo.

El fruto del Espíritu: amor sacrificial, alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe por identidad, humildad y dominio propio, ese es el sello verdadero de una iglesia llena del Espíritu. No se trata solo de lo que ocurre en el altar, sino de cómo vivimos en casa, en el trabajo, en la calle, con nuestra familia, con nuestros vecinos, con nuestros enemigos.

Y hoy, más que nunca, necesitamos iglesias que sean verdaderamente pentecostales, en el sentido bíblico y profundo. Iglesias que oren juntas, que esperen en Dios, que dependan del Espíritu, que evangelicen con poder y que sirvan con pasión. Que amen con sinceridad y abracen al quebrantado, que sean luz en la oscuridad, y que proclamen con autoridad que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Queridos hermanos y hermanas, escúchenme con el corazón: el fuego de Pentecostés no se ha apagado. No, no es solo una historia del pasado. Este fuego sigue ardiendo, encendido por el mismo Espíritu, en cada creyente que se dispone a ser un instrumento en las manos de Dios.

No miremos a Pentecostés como un recuerdo glorioso de algo que sucedió allá en el pasado. Miremos a Pentecostés como una realidad presente, como una promesa que aún está en pie, como una llama que puede prenderse hoy en tu corazón si te atreves a clamar con fe:

“Señor… lléname otra vez.”

Aldo Marconi,  Chile

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