Devocional

Una Iglesia que enseña a leer

Texto: “Toda la Escritura es producto de la inspiración divina, y es provechosa para enseñar, para iluminar, para corregir, para instrucción y práctica de la justicia; con el propósito de perfeccionar al creyente y prepararlo para el cumplimiento de la misión” (2 Timoteo 3:16-17, TCB). 

Imaginemos por un momento a una persona humilde de la Europa del siglo XVI. Tal vez un artesano, un campesino, una mujer o un joven. Durante buena parte de su vida, su acceso al conocimiento ha dependido de aquello que otros podían contarle. Escucha la Palabra, escucha el sermón, escucha las oraciones y de esta manera, su mundo se construye a través de la palabra pronunciada por otros.

Pero un día aprende a leer y algo comienza a cambiar. Ahora puede acercarse por sí mismo a un texto, puede leer un salmo, un evangelio y, poco a poco, inicia el hermoso camino hacia el conocimiento de las Escrituras. Aprender a leer, no solamente le ha dado una nueva habilidad; le ha abierto una puerta al entendimiento, a la comprensión y, para muchos, a una nueva manera de relacionarse con la fe. Esta fue una de las transformaciones que acompañaron a la Reforma protestante.

Lutero y los reformadores comprendieron que, si la Palabra de Dios debía ser conocida por el pueblo, no bastaba con afirmar su importancia. Era necesario abrir caminos para que las personas pudieran acercarse a ella. Por eso impulsaron traducciones, escuelas y materiales de enseñanza. Así, la alfabetización comenzó a adquirir también un sentido espiritual: enseñar a leer podía convertirse en una manera de acercar a una persona a Cristo.

La Reforma surgió en una Europa que estaba cambiando. La imprenta multiplicaba las posibilidades de distribución de la palabra; las lenguas locales cobraban fuerza y las oportunidades educativas comenzaban a ampliarse. Los reformadores supieron reconocer estas transformaciones y ponerlas al servicio de la comprensión del Evangelio.

Lutero tradujo la Biblia al alemán, produjo materiales de enseñanza y promovió una formación cristiana factible de alcanzar también en el hogar. Las escuelas adquirieron un lugar importante en la educación y detrás de estas acciones había una convicción profunda: la Palabra de Dios no debía permanecer encerrada en los círculos de los especialistas; debía llegar al pueblo.

Por eso el proceso de formación educativa adquirió una dimensión misionera, ya que no se trataba solamente de enseñar a leer; se trataba de formar personas capaces de leer, comprender, creer, vivir y transmitir la fe.

Aunque muchos piensan que no se debe idealizar ese período de instrucción ya que no todos aprendieron a leer, porque los avances fueron desiguales y las oportunidades educativas fueron distintas entre ciudades y zonas rurales, entre hombres y mujeres; sin embargo, un evento importante se estaba consolidando: la educación del pueblo empezó a ser entendida también como una responsabilidad religiosa y social.

Así como en el siglo XVI, uno de esos caminos prioritarios fue la alfabetización, hoy nuestro desafío es diferente, pero la responsabilidad permanece: no se trata solamente de leer la Biblia, sino que debemos aprender a leerla desde nuestra realidad; desde nuestras preguntas, nuestros dolores y nuestras esperanzas, para descubrir allí, una vez más, el rostro de Cristo.

Alberto Flores / Bolivia

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