
Adviento una espera activa y transformadora
Texto: “Por lo tanto, ustedes también estén preparados, porque cuando menos se lo imaginen, el Hijo del Hombre vendrá” (Mateo 24:44 TCB)
¿Alguna vez has esperado una visita importante en tu casa? No te sientas en el sillón a mirar el reloj pasivamente; al contrario, te mueves, limpias, ordenas y preparas el ambiente. Hay una mezcla de nerviosismo y alegría. El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde una celda en prisión, comparó el Adviento con la vida de un prisionero: una espera anhelante de que se abra la puerta desde afuera, trayendo libertad.
Históricamente, el Adviento (del latín adventus, «venida») marca las cuatro semanas donde la Iglesia recuerda la irrupción de la luz en medio de la oscuridad. Sin embargo, en nuestra vida acelerada, a veces reducimos esta «espera» a decoraciones y compras. Pero el Evangelio de Mateo nos lanza un desafío mucho más profundo y urgente que nos invita a revisar no nuestra agenda, sino la condición de nuestro espíritu.
Mateo 24:44 es un pasaje que se encuentra en el “Sermón de los Olivos”, donde Jesús instruye a sus discípulos sobre las cosas finales (escatología). El término griego clave aquí es gregoreite (velad/estad alerta) y heitoimoi (estad preparados). Debemos entonces, entender que esta «preparación» no es un miedo paralizante ante el fin del mundo, sino una dinámica llena del Espíritu Santo. Vivimos en la tensión del “ya, pero todavía no”: Jesús ya vino en humildad (Encarnación) y todavía esperamos su regreso en gloria (Parusía).
Sin embargo, la verdadera preparación para su segunda venida se valida por cómo vivimos la realidad de su primera venida. Muchos buscan señales en el cielo, pero olvidan la señal en la tierra: el amor. La verdadera “vigilancia” bíblica no es mirar hacia arriba ignorando al prójimo, sino permitir que el Espíritu Santo realice una metanoia (un cambio profundo de mente) en nosotros hoy, para estar atentos, despiertos y activos. Si decimos que esperamos a Jesús, quien es la luz del mundo, no podemos albergar tinieblas de egoísmo en nuestra conducta diaria.
¿Cómo se traduce esto a tu lunes por la mañana? El verdadero Adviento ocurre cuando hay un cambio de mentalidad en tu trato con los demás. La señal más clara de que estás preparado para recibir al Rey es la empatía.
Cuando decides ser empático con el compañero de trabajo difícil, con el familiar distante o con el necesitado en la calle, estás encendiendo una vela de Adviento en la realidad. Al mostrar gracia ese favor inmerecido que nosotros mismos recibimos de Dios les estás comunicando un mensaje poderoso: “Jesús ha llegado a mi corazón, y por eso puedo tratarte con amor”. La preparación para el cielo comienza con la transformación en la tierra. No puedes decir “¡Ven, Señor Jesús!” con una mano, mientras con la otra cierras tu corazón a la necesidad de tu hermano. Estar preparado es vivir hoy como si Jesús ya estuviera reinando visiblemente a tu lado.
El Adviento es, en esencia, un paso de la oscuridad a la luz. Te desafío en este tiempo a no solo preparar tu casa, sino a preparar tu carácter. Que cada acto de bondad sea una declaración profética de que el Reino de los Cielos se ha acercado.
Mantente alerta, no con ansiedad, sino con la certeza de la esperanza. Que cuando el Hijo del Hombre venga o cuando te encuentre en tu día a día te halle no solo esperando, sino amando. Porque al final, la mejor manera de esperar a Dios es siendo un reflejo de Su gracia para los demás.
Jonnathan Tapia / Ecuador
Mateo 2:11
Cristo: Salvador, Rey y Señor
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