Devocional

La presencia que ahora permanece

Texto:  En Pentecostés, cuando se cumplió el día en que el Espíritu Santo iba a llenar el interior de los creyentes con la obra de Cristo, toda la iglesia estaba reunida en un mismo lugar.  De repente, un gran ruido como un soplo fuerte llegó del cielo y llenó toda la casa donde estaban sentados; y experimentaron lenguas como de fuego, que fueron distribuidas y reposaron sobre cada uno de ellos.  (Hechos 2:1-3 TCB.)

En el Antiguo Testamento, estar en la presencia de Dios estaba limitada a unas pocas personas.  Las experiencias con Dios se daban con líderes como Moisés o Josué, reyes, jueces o profetas, y aunque eran manifestaciones reales y muy poderosas, la mayoría de las veces era por períodos cortos y con objetivos específicos.  Además, el lugar donde habitaba Su presencia estaba en el Tabernáculo y más tarde en el Templo, pero de igual manera, su acceso estaba limitado al lugar Santísimo donde sólo podía entrar el Sumo Sacerdote.

En Hechos 2:1-3, nos relata una experiencia maravillosa. Nos habla del Espíritu Santo que llenó el interior de las personas, aquí no se miraron títulos, estructuras ni se buscó atender una misión particular; pero lo más extraordinario es que Su presencia no tuvo límite de tiempo, sino que bajó para habitar permanentemente en todo aquel que creyó en Cristo.  Este hecho debe transformar por completo la vida de un cristiano, pues no dependemos solo de momentos extraordinarios o experiencias pasajeras, sino que debemos entender que la presencia de Dios nos acompaña día a día en los momentos de alegría, pero también en los tiempos difíciles donde experimentamos tristeza, enfermedad o dolor.  El mismo Espíritu que descendió con fuerza en Hechos 2 es el mismo que mora en ti.

Ese día de Pentecostés es el cumplimiento de la promesa de Dios cuando dijo que no vendría a visitar a Su pueblo, sino que vendría a vivir en él.  El fuego de Dios no se otorgó a unos pocos, sino que “fue distribuido y reposó sobre cada uno de ellos”.

Tenemos que preguntarnos: ¿estamos conscientes de esa presencia permanente?  Es posible que la lista de tareas, el trabajo o los problemas nos puedan dar la idea de que Dios está distante, pero el Pentecostés nos debe recordar que el anhelo de Dios es habitar continuamente en nosotros. 

Que hoy podamos pedirle al Padre una vida sensible a Su presencia, una comunión constante con Él y un corazón donde su Espíritu pueda permanecer plenamente.

Rode Nuñez, México

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