Devocional

La Gratitud que a Dios le agrada

Texto: “Nosotros estamos recibiendo un reino que no puede ser movido por nadie, inamovible. Por eso debemos ser muy agradecidos y motivados por esta actitud de gratitud, adoremos a Dios de la manera que a Él le agrada; hagámoslo con devoción y profundo respeto” (Hebreos 12:28 TCB).

¿Alguna vez has recibido un regalo tan grande, tan inesperado y tan valioso que no tuviste palabras para expresar tu agradecimiento? Tal vez sentiste la necesidad de hacer algo por esa persona, de corresponder de alguna manera su bondad, no por obligación, sino porque tu corazón se desbordaba de gratitud. 

Nuestra vida con Dios comienza con un regalo así: el don de ser perdonados, aceptados y de recibir una herencia eterna. A veces, en el ajetreo del día a día, olvidamos la magnitud de este regalo y lamentablemente nuestro servicio a Dios puede volverse rutinario, como una lista de tareas que debemos cumplir. Pero el versículo de hoy es un llamado a recordar la poderosa conexión que existe entre un corazón agradecido y unas manos dispuestas a servir.

El pasaje de Hebreos 12:28 nos enseña una verdad revolucionaria: “Estamos recibiendo un reino inamovible, por eso debemos ser muy agradecidos y motivados por esta actitud de gratitud, adoremos a Dios de la manera que a Él le agrada”

Fíjate en el orden. No dice “adoren para ganarse un reino”. ¡Primero recibimos!. Dios toma la iniciativa y nos da lo más valioso: un lugar en su reino eterno, un reino que es “inamovible”. En un mundo donde todo se cae – las economías, la salud, las relaciones, incluso nuestras propias fuerzas -, Él nos ofrece una certeza inquebrantable. Su amor por nosotros no vacila. 

Ante esta tremenda realidad, la única respuesta natural del corazón es la gratitud. Y fíjate que no se trata de una gratitud superficial o solo de palabra, sino un agradecimiento que nace de lo más profundo de nuestro ser, del asombro de quien sabe que recibió algo que jamás podría haber comprado y mucho menos merecido.

Esta gratitud auténtica que nace en nuestro interior es la que se transforma en el motor de nuestro servicio. El versículo une ambas cosas de manera inseparable: ¡y mediante la gratitud, adoremos, sirvamos a Dios!  El servicio deja de ser una carga, ya no vamos a decir: “tengo que ir a la iglesia, tengo que ayudar, y muchos otros tengo que…” y se convierte en la alegre expresión de un corazón que dice “¡Qué privilegio tengo!”. 

Servimos a Dios no para que Él nos ame más, no para ganar su favor, sino que le servimos y adoramos simplemente porque estamos agradecidos por el favor inmerecido que ya tenemos.

Hoy, Dios te invita a hacer una pausa y contemplar nuevamente ese “reino inamovible” que ya es tuyo en Cristo. Eres hijo de Dios, perdonado, redimido y con una esperanza eterna que nadie te puede quitar. Eso es lo fundamental.

Tómate 5 minutos y reflexiona en silencio. Apaga las distracciones, deja por unos minutos lo que estás haciendo y simplemente recuerda de dónde te rescató Jesús. Piensa en la seguridad que tienes en Él, pase lo que pase mañana. Deja que el asombro de su amor y protección llene tu corazón de genuina gratitud, ¡gracias Señor!

Desde ese lugar de gratitud, mira la semana que está por comenzar. ¿Cómo puedes servir en adoración a Dios? Tal vez en tu hogar, con tu familia, con un acto de paciencia extra. Quizás en tu trabajo, con una actitud de integridad y gozo. O en tu comunidad de fe, con una mano amiga. Pero por favor, hazlo con una motivación renovada. No sirvas por deber; sirve por amor. No lo hagas para ser amado; hazlo porque ya eres profundamente amado. Deja que tu gratitud sea el motor que mueva tus manos, y descubre el gozo de servir y adorar a Dios de la manera que a Él le agrada. 

Olga Bascuñán / Chile

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