Devocional

El reflejo olvidado

Texto: “En Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, ya sean tronos o dominios, reinados o potestades; y todas las cosas por medio de Él y para Él han sido creadas” (Colosenses 1:16, TCB).

Cada año en el mes de abril el mundo habla de la Tierra, y está bien porque se insta a las personas a cuidar, a no destruir, a ejecutar nuestra responsabilidad con la creación. Pero en las Escrituras es algo más profundo. No es solo que estemos descuidando el planeta. Es que ya ni siquiera reflexionamos en que no se sostiene a sí misma y que en ella, nada tiene sentido fuera de Cristo.

Todo esto me hace recordar esta historia: Una mañana cualquiera, un hombre caminaba por un sendero que conocía de memoria. Los árboles, el viento, ese cielo gris claro, todo era tan normal que ni lo miraba. Era solo el paisaje de fondo de su rutina. Nada le sorprendía. Hasta que vio a un niño quieto, con la cara levantada hacia el cielo.

  • ¿Qué haces? preguntó, un poco extrañado.
  • Estoy viendo cómo Dios pintó el cielo hoy, dijo el niño sin dejar de mirar.

El hombre levantó la vista. Y en ese momento, sin que nada externo cambiara, todo se quebró por dentro. Lo que siempre había estado ahí, de repente dejó de ser «normal». No era solo aire, no era solo luz. Era como si alguien hubiera puesto pinceladas con un propósito.

La creación no había cambiado.  Él sí.  Por un instante, la miró y la relacionó con su Autor.

Eso es exactamente lo que Pablo está diciendo en Colosenses. La creación no es un escenario independiente. No es el telón de fondo de nuestra vida. Cristo no es solo el que la hizo; Él es el sentido por el cual existe. Todo lo que vemos y lo que no vemos viene de Él, pasa por Él y camina hacia Él. Y cuando eso se pierde, la creación pierde su alma.

Entonces el hombre deja de preguntarse «¿para qué existe esto?» y solo pregunta «¿para qué me sirve?». Deja de ver diseño, deja de ver a Cristo y se pone a sí mismo en el medio de todo. No es en esencia un problema ambiental, es un problema teológico: el reflejo de un corazón que se ha desvinculado de su Creador. Hemos desconectado la creación de su propósito en Cristo. 

Pero la Escritura vuelve a poner todo en su lugar.  Todo fue creado en Él, por medio de Él y para Él, la creación no es autónoma, no es secundaria, no es un accidente, está metida dentro del propósito eterno de Cristo.

Entonces el Día de la Tierra, para el creyente, no puede ser un hashtag bonito. Es un recordatorio incómodo y hermoso a la vez: estamos rodeados de algo que le pertenece a Él y que existe para su gloria. No somos espectadores, somos administradores y eso no es un puesto honorífico: es una responsabilidad que me duele cuando la abandono.

Porque cuidar la creación no es una buena práctica opcional, es una forma concreta de reconocer que Cristo es el dueño de todo lo que veo. Cuando descuido la tierra, no solo ensucio el planeta, es un reflejo de que algo en mi corazón ya no está conectado con el propósito de Dios.

Hoy la pregunta no es solo si estoy reciclando o ahorrando agua. La pregunta es más íntima y urgente:

  • ¿Estoy viviendo para Aquel que creó la tierra?
  • Porque si todo es de Él y para Él, entonces mi vida también lo es.  

Si la creación existe para su gloria, yo no soy la excepción. No reduzcamos la creación simplemente a algo útil, sino que veámosla como ese punto especial que me quiere llevar a Cristo, que viva en un mundo que le pertenece a Él y que entienda que cuidar la tierra no es un tema secundario en mi fe, sino que es una respuesta inevitable de una vida que aunque con tropiezos reconoce a su Creador.

David R. Díaz / Ecuador

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