
Ver con ojos nuevos
Texto: – Jesús sana al ciego de nacimiento (Juan 9:1-12 TCB)
En el mundo actual, a pesar de que hablamos mucho de inclusión, todavía existen barreras invisibles para quienes tienen alguna discapacidad: miradas de lástima, palabras hirientes o silencios incómodos. Esta situación no es nueva. En el tiempo de Jesús, los discípulos vieron a un hombre que había nacido ciego y, asumiendo que su condición era un castigo divino, preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que este hombre naciera ciego? ¿Él o sus padres?”.
Jesús desafió este pensamiento con una verdad liberadora: “Ni este, ni sus padres pecaron, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se manifestara en su vida”. Con estas palabras, Jesús aclaró que la discapacidad del hombre no era un castigo, sino una oportunidad para demostrar que la obra de Dios también se manifiesta en quienes el mundo no valora. Al sanarlo, no solo le devolvió la vista, sino también su dignidad y su lugar en la comunidad.
¿Cuántas veces hemos visto a ese niño que no puede seguir el ritmo en el recreo, al joven que se esfuerza por expresarse en clase o al adulto ciego que lucha por encontrar trabajo? A menudo, sin darnos cuenta, los apartamos, los limitamos y, en el peor de los casos, los discriminamos. Esto ocurre porque nos enfocamos únicamente en sus diferencias físicas o cognitivas, olvidando que detrás de ellas hay personas con sueños y sentimientos.
El milagro de Jesús no se limitó a abrir los ojos físicos del hombre ciego; también abrió los ojos de quienes lo rodeaban. Nos enseña que cada persona es un reflejo del amor y el propósito de Dios, y que cada vida tiene una historia que merece ser reconocida y celebrada.
El ejemplo de Jesús nos invita a ver con ojos nuevos. Nos desafía a derribar prejuicios y a crear espacios donde todos, sin importar sus habilidades, se sientan valorados y amados. La verdadera inclusión comienza en el corazón, al reconocer que la obra de Jesús no terminó en los tiempos bíblicos, sino que continúa hoy, cada vez que decidimos amar e incluir a quienes el mundo suele dejar de lado.
Te invito a reflexionar:
- En tu vida, ¿hay alguien que ha sido invisibilizado o excluido por su discapacidad o diferencia?
- ¿Qué acciones sencillas y significativas puedes tomar para abrirle un espacio, acompañarle y amarlo sin condiciones?
Pidamos a Dios ojos como los de Jesús: ojos que no juzgan, sino que reconocen y celebran la belleza de cada vida. Porque todos, con nuestras fortalezas y debilidades, somos parte de su gran historia de amor.
Doris Nole / Ecuador
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