
Perdón en medio de piedras
Texto: “Y arrodillándose, gritaba diciendo: – ¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!”. Hechos 7:60, TCB.
El silencio no siempre es pacífico; a veces es el preludio de la violencia. Existe un cuadro del pintor Annibale Carracci que se llama El martirio de San Esteban. En éste se observa un contraste desgarrador: rostros llenos de furia, brazos tensos levantando piedras y, en el centro, un hombre de rodillas: vulnerable, sin defenderse. En lugar de cubrirse, levanta la mirada al cielo. La escena que narra el libro de Hechos nos lleva a ese suelo pedregoso de Jerusalén, donde el aire está lleno de polvo y del sonido seco de las piedras golpeando un cuerpo.
Mientras era apedreado, Esteban se encomendó a su Señor con estas palabras: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Su oración recuerda la exclamación final de Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). Sin embargo, hay una diferencia significativa: mientras Jesús entregó su espíritu al Padre, Esteban lo entregó a Jesús, reflejando la convicción de la iglesia primitiva de reconocerlo como Señor.
Pero Esteban también hizo eco de otra de las palabras pronunciadas por Cristo en el Calvario. Así como Jesús intercedió por sus verdugos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34), Esteban, rodeado por quienes le quitaban la vida, elevó una última súplica: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch. 7:60). Él no pidió justicia para sí mismo ni castigo para sus agresores; pidió misericordia.
En el texto griego, la expresión “no les tomes en cuenta” utiliza el verbo στήσῃς, derivado de ἵστημι (jistemi). Un término comercial y legal de la antigüedad que significaba “pesar en la balanza” o “establecer un cargo judicial firme”. Así, bajo la lluvia de piedras, Esteban rogó que el pecado de sus verdugos no fuera registrado en su contra, que no se levantara una causa eterna por aquel crimen. Al usar esta palabra bajo la lluvia de rocas, Esteban realizó una declaración contable y espiritualmente asombrosa: rogó al cielo que ese pecado no fuera colocado en el platillo de las deudas de sus agresores, exigiendo que no se les abriera una causa judicial eterna.
Nosotros rara vez enfrentamos piedras físicas, pero convivimos con otras muy reales: críticas hirientes, traiciones, ofensas o decepciones. La reacción natural consiste en devolver esas piedras o guardarlas en la memoria, acumulando resentimientos que terminan endureciendo el corazón. El ejemplo de Esteban nos invita a responder de otra manera. Su mirada no estaba fija en quienes lanzaban las piedras, sino en el Señor que lo sostenía.
La pregunta es inevitable: ¿estamos llevando un registro detallado de las deudas de los demás o estamos reflejando el carácter de Cristo en medio de la presión? Perdonar no significa negar el dolor recibido, sino renunciar al deseo de cobrar la deuda. Es una decisión que nace de la obra del Espíritu Santo en nosotros.
Nuestro perdón, aunque parezca débil o injusto ante los ojos del mundo, puede convertirse en un instrumento de transformación. Lo que Esteban sembró en medio de su sufrimiento produjo frutos que trascendieron su propia vida.
¿Qué deudas emocionales necesitas dejar ir hoy? ¿Qué piedras debes soltar para volver a mirar al cielo con libertad? El perdón no evita que las piedras caigan en el camino, pero impide que nuestro corazón se vuelva tan duro como ellas.
María Gracia Guapás, Ecuador
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