Devocional

La Reforma y el nombre que no se elige

Texto: “Al vencedor le daré del maná escondido y le daré también una piedrecita blanca en la que está escrito un nombre nuevo que solo conoce quien la recibe” (Apocalipsis 2:17b, TCB).

Cuando nace un niño, una de las primeras decisiones que toma la familia es elegir su nombre, en ocasiones, ese nombre honra a un familiar, puede ser producto de una oración silenciosa, una tradición o una creencia religiosa. Aquí vemos algo curioso, recibimos un nombre antes de tener la oportunidad de decidir quiénes queremos ser, un nombre puede llevar consigo una historia que comenzó mucho antes de nosotros, una historia que habla de los sueños, las esperanzas y el amor de quienes lo eligieron.

Durante el siglo XVI, Europa atravesó profundas transformaciones religiosas con la Reforma Protestante, las discusiones sobre la autoridad de las Escrituras y las tradiciones eclesiásticas llevaron a muchas personas a examinar las creencias que habían recibido. En este contexto, se promovió con fuerza la elección de nombres bíblicos para los hijos con el propósito de expresar su identidad cristiana. Además, buscaba que la Palabra de Dios estuviera presente desde la infancia, fortaleciendo la fe y recordando el llamado de Dios en la vida diaria. Así, el hecho de llamarse Abraham, Jacob u otro nombre bíblico los distinguía dentro de la sociedad.

La mejor parte es la promesa tan valiosa que encontramos en Apocalipsis 2:17 y es que Cristo promete un nombre nuevo a quien permanece fiel, recordándonos que nuestra identidad no se limita al nombre que recibimos ni a lo que otros ven en nosotros, hay algo mucho más profundo, porque Dios conoce nuestro corazón y nos lleva a vivir una fe que nace de lo más sincero de nuestro ser.

Hoy podemos llevar un nombre con un significado hermoso, crecer en una familia cristiana y participar en una iglesia; sin embargo, nada de eso reemplaza una fe única. No se trata de rechazar nuestras raíces ni de menospreciar las tradiciones familiares, sino de evaluar nuestras creencias a la luz de las Escrituras. La identidad cristiana no consiste únicamente en lo que heredamos, sino también en cómo vivimos nuestra relación con Cristo, nuestras decisiones, palabras y acciones que deben reflejar la fe que profesamos.

Hoy te invito a reflexionar, a mirar más allá del nombre que recibiste y a permitir que Cristo sea quien defina tu identidad. Así como la Reforma nos recuerda la importancia de volver a las Escrituras, hoy tenemos la oportunidad de examinar nuestras creencias, fortalecer nuestra fe y dejar que la Palabra de Dios transforme nuestro corazón. Que cada decisión, cada palabra y cada acción reflejen a Cristo, porque lo más importante no es el nombre que el mundo nos da, sino el nombre nuevo que el Señor nos entrega cuando perseveramos.

Berenice Figueroa / Guatemala

Comparte la bendición:

Un comentario

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *