Devocional

El amor de Dios y la felicidad de ser creyentes

Texto: Juan 15:11, TCB.

“Estas cosas les enseñé, con el propósito de que mi alegría esté con ustedes y para que ustedes sean completamente felices” 

Hay una palabra en griego que significa generosidad, esta es πλότης (plótēs), también puede entenderse como sencillez, sinceridad, integridad, pero se entiende que es sin doble intención, es decir puede interpretase con la alegría de dar con un corazón puro, sin egoísmo ni cálculo.

El amor verdadero se resume en dar. Dios Padre nos mostró esto al entregar a su Hijo: un amor que nace y se fortalece en la generosidad. Cuando Dios da, nos enseña a vivir con un corazón que se alegra al poner a otros primero. Este principio de dar con sencillez se refleja en la vida cotidiana de la familia y, en consecuencia, en toda la sociedad.

Podemos ser felices en el hogar donde el amor se manifiesta cuando padres invierten tiempo, cuidado y protección; cuando hijos honran, respetan y obedecen; cuando esposos protegen y las esposas aportan respeto y admiración. Este flujo de vivir el amor de Dios y el dar, vivido con humildad y sin egoísmo, crea una convivencia de paz y armonía que apunta hacia el ejemplo perfecto del amor de Dios.

Cuando una familia vive así, su testimonio llega a la comunidad. Cada acción hecha con amor generará un efecto dominó de bondad y generosidad, inspirando a otros a descubrir la misma alegría de dar y de ser amados por Dios.

Nuestra misión como Iglesia es acompañar a las familias para que experimenten la maravilla del amor de Dios: Dios dio lo más precioso para nuestro bien. A partir de esa entrega, debemos vivir el mandamiento nuevo de Jesús: amarnos unos a otros como Él nos amó (Juan 13:34-35). Al vivir así, el mundo reconocerá que somos sus discípulos por el amor que nos mostramos unos a otros y por la felicidad que irradiamos de ser sus hijos.

Te invito a reflexionar en tus gestos de amor que nacen de la alegría de ser hijos de Dios:

·       En la casa: la felicidad de creer se ve cuando los padres dedican tiempo, cuidado y protección; cuando los hijos honran, respetan y obedecen; cuando las parejas se protegen mutuamente y se comunican con respeto y admiración.

·       En la comunidad: una familia que vive así inspira a vecinos y amigos. Pequeños gestos de generosidad se multiplican: escuchar atentamente, compartir recursos, apoyar a quienes lo necesitan.

·       En la Iglesia: cuando se acompaña a las familias para experimentar el amor de Dios y vivir el mandamiento nuevo de Jesús: amarnos unos a otros como Él nos amó. Un amor visible se convierte en un testimonio que el mundo puede reconocer.

Que este mensaje te anime a experimentar la felicidad de ser creyente: conocer el amor de Dios y dejar que este amor se manifieste en palabras de aliento, gestos de servicio y una vida que refleje la gracia de Dios.

Raquel Quinga – Ecuador

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