
FORMANDO VIDA ETERNA
Texto: “Entonces Apolos empezó a predicar con valentía en la sinagoga, pero cuando Priscila y Áquila lo escucharon, lo llevaron aparte y le enseñaron con más exactitud y profundidad el camino de Dios” Hechos 18:26
Cuando pensamos en el Día de la Madre, solemos contemplar el amor que da vida, que cuida y sostiene. Pero también existen mujeres que, a través de su fe, su ejemplo y su enseñanza, acompañan a otros a crecer en Cristo, tal como una madre guía y acompaña a sus hijos hacia la verdad. Priscila, junto a su esposo Áquila, nos ofrece un testimonio vivo de este regalo.
Un hermoso ejemplo es Priscila. Junto a su esposo Áquila, abrió su hogar, sirvió a la iglesia y, en un momento clave, se tomó el tiempo para enseñar a Apolos. No lo corrigió con dureza, sino que lo formó con sabiduría, amor, paciencia y verdad. Es un recordatorio hermoso de que la formación en la fe no es un acto aislado, sino una vida que comparte, una casa que acoge y una voz que instruye con ternura.
Priscila aparece como alguien que forma a otros. Y eso nos enseña una verdad poderosa: una mujer no solo da vida en lo físico, también invierte en la vida de otros para que la fe crezca y se fortalezca.
Hay mujeres que enseñan con paciencia, acompañan procesos, corrigen con amor y abren espacios para que otros florezcan. Tal como enseña Tito en el capítulo dos, existe una guía intencional que edifica, afirma y sostiene la vida de otros.
Quizás hoy hay mujeres que sienten que su rol es pequeño, silencioso o poco visible. Pero cada palabra de fe, cada consejo dado en el momento oportuno y cada oración por otro son semillas que producen eternidad. Hay mujeres que abrazan, hay mujeres que levantan; hay mujeres que alimentan, y hay mujeres que forman. Y en los planes de Dios, todas son profundamente valiosas.
En un mundo que muchas veces se mide el valor por lo visible, Dios también honra lo silencioso, una conversación a tiempo, una oración constante, una palabra que guía y un consejo que sostiene. Hoy, en este Día de la Madre, celebramos no solo a quienes han dado vida, sino también a quienes han decidido formar vida en otros. Porque en las manos de Dios, una mujer puede guiar, enseñar y amar profundamente.
La pregunta que quiero dejarte este día es: ¿a quién estás formando con tu vida? ¿Hay alguien a quien puedas acompañar, enseñar o animar en su caminar con Dios? Recuerda que cada hombre o mujer que se acerca a Cristo necesita ser sostenido y enseñado para vivir en dependencia de Él, y que la iglesia entera comparte esa misión.
Hoy más que nunca, agradezcamos a las mujeres que, con valentía serena, hacen visible lo invisible: la fe en acción, el cuidado que edifica y la esperanza que transforma. A todas las madres, madres en servicio, maestras en la fe, amigas que sostienen, hijas que honran y líderes que inspiran: gracias. Que su ejemplo nos anime a sostener, a formar y a amar con la mirada puesta en Cristo.
Hoy te invito a cerrar tus ojos y recordar a esas mujeres que han marcado tu vida con su fe y su amor. Tal vez fue una charla al borde de la puerta, una oración en silencio, una corrección llena de gracia o una presencia constante que decía “estoy contigo”. Agradece por cada una de ellas, porque en cada gesto humilde hay una semilla de eternidad. Y si llevas la responsabilidad de guiar a otros, hazlo con humildad y gozo, sabiendo que Dios te ha preparado para ese oficio de edificar vidas.
Carolina Riquelme Nieto / Chile.
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