Devocional

Cuando el Espíritu Santo transforma nuestra fragilidad

Texto: “Pero recibirán poder sobrenatural cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y serán mis testigos con sus propias vidas.” (Hechos 1:8, TCB).

Muchas veces confiamos más en la economía, en nuestras seguridades humanas e incluso en ideas alejadas de Dios y nos olvidamos de las promesas del Señor. Participamos en cultos, servimos en ministerios, recibimos formación cristiana y conocemos el Evangelio, pero todo ello debería reflejarse en nuestra vida cotidiana..

Sin embargo, muchas veces nuestras acciones están lejos de lo que predicamos. No siempre somos los padres que nuestros hijos necesitan, ni los esposos o esposas que nuestra familia espera, ni los hijos, hermanos o compañeros que los demás merecen encontrar en nosotros. Incluso, muchas veces no somos conscientes de nuestras actitudes tibias, aunque quienes nos rodean sí perciben la distancia entre nuestra fe y nuestra manera de vivir. Entonces surge una pregunta profunda: ¿por qué somos así? ¿Por qué, aun conociendo a Jesús, seguimos siendo frágiles, incoherentes y temerosos?

Los discípulos vivieron algo parecido. Ellos caminaron con Jesús, escucharon sus enseñanzas y fueron testigos de sus milagros. Vieron la multiplicación de los panes, la sanación de enfermos y hasta la resurrección de Lázaro. Más aún, Pedro llegó a declarar en nombre de todos: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Parecería que después de vivir todo aquello su fe debía ser inquebrantable. Pero no fue así.

En algunos momentos discutían quién era el más importante. En Getsemaní se durmieron mientras Jesús sufría. Cuando fue arrestado, huyeron llenos de miedo. Pedro lo negó tres veces y Judas lo entregó. A excepción de Juan, casi ninguno permaneció junto a Jesús en el Calvario. Tomás incluso necesitó tocar las heridas del Resucitado para creer.

Los discípulos, al igual que nosotros, experimentaron la contradicción humana: amar a Jesús y al mismo tiempo sentir miedo; creer y aun así dudar; querer seguirlo y aun así fallar. La respuesta está en que muchas veces intentamos vivir la fe únicamente desde nuestras fuerzas humanas. Tenemos buenas intenciones, pero no siempre la fuerza interior necesaria para vivir profundamente el Evangelio.

Jesús conoce nuestra fragilidad. Por eso prometió que el Padre enviaría al Espíritu Santo. Y cuando el Espíritu descendió sobre los discípulos en Pentecostés, aquellos hombres llenos de miedo fueron transformados. Los que antes se escondían comenzaron a anunciar el Evangelio con valentía. Los que antes dudaban entregaron incluso su vida por Cristo. El Espíritu Santo no eliminó mágicamente sus dificultades, pero sí transformó su manera de vivir y enfrentar la vida. Porque solos podemos dar únicamente lo que nuestras capacidades humanas permiten.

Hoy muchos cristianos viven una fe limitada solamente al conocimiento religioso o a prácticas externas. Se conoce el Evangelio, pero cuesta vivirlo en la familia, en el trabajo, en la sociedad y en las decisiones cotidianas. Necesitamos comprender que el cristianismo no se sostiene solo con esfuerzo humano, sino con una relación viva con Dios y una apertura constante al Espíritu Santo.

Es el Espíritu quien nos ayuda a amar cuando estamos cansados, a perdonar cuando hemos sido heridos, a permanecer firmes cuando sentimos miedo y a servir incluso cuando nadie nos reconoce. Sin el Espíritu Santo, la fe puede convertirse en costumbre, rutina o simple apariencia religiosa. Pero con Él, la vida comienza a transformarse desde dentro.

La historia de los discípulos nos recuerda que la fragilidad humana no es el final del camino. Jesús nunca se sorprendió de sus miedos ni de sus caídas; al contrario, prometió acompañarlos mediante el Espíritu Santo. También nosotros muchas veces somos incoherentes, tibios o temerosos. Pero Dios no abandona nuestra debilidad. Él sigue derramando su Espíritu para fortalecernos, transformarnos y ayudarnos a vivir el Evangelio con autenticidad.

La mejor versión de nosotros mismos no nace únicamente del esfuerzo personal, sino de una vida abierta a la acción del Espíritu Santo. Porque cuando el Espíritu de Dios habita en el corazón humano, las buenas intenciones comienzan a convertirse en vida, servicio, valentía y amor verdadero.

Alberto Flores Medina / Bolivia

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