Devocional

Mujeres que dejaron huella

Texto: “Saluden a Priscila y a Áquila que son mis compañeros de trabajo en Cristo Jesús, quienes arriesgaron sus propias vidas para salvar la mía. Así que les estoy muy agradecido, y no solo yo, todas las iglesias de los cristianos no judíos también lo están, todos deben mucho a esta pareja. Saluden igualmente a la iglesia que se reúne en la casa de ellos” (Romanos 16:3-4, TCB).

Al recordar la historia de la Reforma, vienen a nuestra mente nombres que han llegado hasta nuestros días; sin embargo, también existe un sinnúmero de relatos que quedaron en silencio. Entre ellos, se destacan las historias de valientes mujeres que amaron profundamente las Escrituras y sirvieron a Dios desde el lugar donde estaban: en sus casas, en la iglesia e incluso desde el don que Él les había confiado. Aunque quizá no todas fueron reconocidas en su tiempo, su fidelidad dejó huellas que vale la pena recordar hoy. 

La Biblia ya nos muestra un ejemplo de una mujer que participó activamente en la misión. Pablo escribe: “Saluden a Priscila y a Áquila que son mis compañeros de trabajo en Cristo Jesús” (Romanos 16:3-4, TCB). Priscila aparece junto a Aquila, su esposo, trabajando, sirviendo y abriendo las puertas de su casa para la iglesia, Priscila no vivía separada de las responsabilidades cotidianas. Trabajaba haciendo tiendas y, al mismo tiempo, servía a Dios. 

Siglos después, durante la Reforma, encontramos mujeres que también decidieron poner sus capacidades al servicio de Dios. Argula von Grumbach estudió las Escrituras y defendió públicamente sus convicciones en un tiempo en que hacerlo siendo mujer no era sencillo. Katharina von Bora, por su parte, tuvo una participación importante en la vida cotidiana que rodeó a la Reforma, administrando recursos, atendiendo personas y convirtiendo su hogar en un espacio de encuentro.

Sus historias me hacen pensar que servir a Dios no siempre significa ocupar un lugar visible. A veces significa estudiar cuando nadie nos está mirando, enseñar a nuestros hijos, acompañar a alguien, trabajar con honestidad, abrir nuestra casa o simplemente permanecer firmes cuando nuestra fe es cuestionada.

Quizá alguna mujer que lee esto piensa que lo que hace es demasiado sencillo para ser usado por Dios. Priscila nos recuerda lo contrario. Ella trabajaba, tenía una casa y una familia, pero encontró maneras de servir desde su propia realidad. Hoy también hay mujeres que están construyendo la iglesia desde lugares que quizá nunca aparecerán en los libros: una madre que enseña la Biblia, una joven que estudia teología, una profesional que sirve con sus conocimientos, una mujer que acompaña a otra en un momento difícil.

No necesitamos repetir la historia de aquellas mujeres. Necesitamos ser fieles a Dios en nuestra propia historia. La historia puede olvidar muchos nombres, pero Dios no olvida una vida entregada a Él. Priscila nos enseña que una casa puede convertirse en un lugar de misión, un oficio puede convertirse en servicio y una voz puede llevar esperanza.

Por eso, más que preguntarnos si seremos reconocidas, preguntémonos: ¿qué está poniendo Dios hoy en mis manos y cómo lo puedo usar para servirle? Tal vez nuestra huella no quede escrita en grandes libros. Pero puede quedar escrita en la vida de alguien que, gracias a nuestro servicio, conoció un poco más de Cristo.

Blanca Aruquipa / Bolivia

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